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Julián Marías cumple 90 Años

 

Prof. Dr. Sylvio Roque de Guimarães Horta
DLO-FFLCHUSP

 

El pasado 17 de junio, Julián Marías, que colabora con nuestra Editorial Mandruvá, ha cumplido noventa años. En nuestro site, además de otras materias suyas, se encuentran entrevistas que el filósofo ha concedido a nuestros directores y algunas de las conferencias de su curso "Los estilos de la Filosofía", editadas por Mandruvá (cf. http://www.hottopos.com/4.htm). En este sencillo homenaje, recojo trechos de otras entrevistas a este gran pensador, por ocasión de esa fecha, y artículos que se han publicado en la prensa.

En "El Cultural" de 17 a 23 de junio de 2004, Martín López-Vega, entrevista a Julián Marías (http://www.elcultural.es/HTML/20040617/letras/LETRAS9779.asp):

P.: –¿Ha llegado la hora de hacer recuento, o a los 90 años están hechos ya todos los recuentos?

J.M.: –Uno siempre hace recuento, da igual que cumpla 10 ó 90. Vivir es hacer recuento de lo vivido.

P.: –¿Cuál fue su relación con los españoles del exilio?

J.M.: –Buena, tuve grandes amigos. Pero siempre he pensado que exiliarse es un error. Si no te gusta la situación de tu país, debes quedarte para intentar cambiarla. Marcharse esteriliza al país y al que se va.

P.: –Está acostumbrado a escribir siempre a contracorriente: perseguido durante el franquismo, negado por algunos durante la transición, ninguneado por otros hoy...

J.M.: –Todo eso no importa. Nunca he hecho nada por ir a contracorriente. He intentado seguir mi camino sin fijarme en los demás. Así que tal vez los otros han ido a contracorriente.

P.: –¿Nunca un comentario de otro le ha hecho repensar algo escrito?

J.M.: –A día de hoy, no hay ni una sola línea que crea que debería retirar, olvidar o corregir.

P.: –Esa fidelidad a sí mismo no fue siempre fácil.

J.M.: –Estuve en la cárcel, no pude ser profesor... La universidad de mi juventud hoy parece ciencia ficción: estaban Ortega, Zubiri... Luego todo cambió, y hasta hoy. No se tolera la verdad entera, sólo las medias verdades. Pero yo nunca he sido hombre de medias verdades. Tuve problemas, sí. Pero valió la pena.

P.: –Hablábamos de la última novela de su hijo Javier, leído en todo el mundo; además, tiene un hijo que es un músico excelente, otro que es un importante especialista en arte y uno más que es un crítico de cine reconocido. ¿Qué les daban de comer?

J.M.: –Todos ellos tienen una gran vocación. Y si aprendieron algo conmigo y con mi mujer fue en el comedor, donde hablábamos de todo, mucho rato. Si hay algo de mí en ellos, y Javier lo ha reconocido a veces, si me deben algo, son esos largos años de conversación.

P.: –Ahora que nace la Europa de los 25, ¿estamos más cerca del sueño de Ortega de europeizar España e hispanizar Europa?

J.M.: Es un error hablar de Europa como algo exento. Europa no existe sola, sino como parte de Occidente, que es Europa más América. Cada uno por su lado vivirían mutilados.

En "Cuenta y Razón", http://www.cuentayrazon.org/revista/doc/133/Num133_008.doc:

CyR. ¿Qué aportan a su visión filosófica estos noventa años?

J.M. Mi visión se ha enriquecido, se ha completado. Se incluyen más elementos. Uno ve las cosas con un pasado que actúa sobre un presente. En ese sentido es más rica mi visión que hace treinta años. Sobre todo si se conserva memoria de lo que ha sido la vida, si se recuerda la realidad de España y del mundo. Yo tengo buena memoria. Ahora recuerdo cómo veía yo las cosas hace treinta años… Las cosas han cambiado, yo he madurado más…

CyR. ¿Qué echa de menos en este momento?

J.M. Puedo echar de menos etapas, pero sobre todo echo de menos a personas. Lolita ha sido algo decisivo en mi vida, con su persona la vida era distinta. Por supuesto la etapa de relación era mucho más rica que la etapa de echarla de menos. También echo en falta la relación tan larga y estrecha con Ortega que aún la tengo presente. En ese contexto la vida tiene fases. Y hay etapas más ricas. Pero entran elementos nuevos: los hijos, los nietos… tengo curiosidad por ellos, me gusta ver cómo son y me permiten una ojeada al futuro. Porque viven fundamentalmente en el futuro. La relación con los nietos es interesante, es distinta que con los hijos. Permiten una ojeada al porvenir.

CyR. ¿No echa de menos algún tipo de reconocimiento a su trabajo?

J.M. Más que reconocimiento, echo de menos el conocimiento. Tengo la impresión de que poca gente se ha enterado. Quizá dentro de veinte años se entienda que he visto ciertas cosas con claridad. Por ejemplo, yo he trabajado mucho sobre el concepto de persona. Pero públicamente al menos nadie se ha enterado, desde luego no hay huella colectiva. Quizá existan personas que individualmente han comprendido mi obra. Tengo conciencia de haber dado pasos intelectualmente. De haber visto cosas que no se habían visto. Pero no tienen constancia pública. En el caso de Ortega el conocimiento lo tuve yo. Yo he entendido de verdad el pensamiento de Ortega, y él lo sabia. La gente no estaba dispuesta a enterarse, quizá porque hay dificultad en aceptar que se digan cosas nuevas. Menos aún se han enterado de los dos libros que he escrito Ortega, circunstancia y vocación y Ortega y las trayectorias. Esos libros no se han leído apenas para entender a Ortega. Algún dia lo harán. Porque es un hecho que a Ortega poco se lo entiende hoy. El libro de Heiddeger es el gran libro filosófico del siglo XX, pero Ortega iba más allá. ¡Ah! Pero eso no consta. Y eso que Ortega murió en 1955. Ha pasado ya tiempo para que su pensamiento se hubiese prolongado.

CyR. ¿ Echa de menos el no haber tenido cátedra?

J.M. Sí, porque he tenido vocación y porque podría haber salido una pequeña escuela.

CyR. Pero hay gente que le conoce, don Julián, que le sigue, que le lee con asiduidad…

J.M. Sí. Pero hay gente que tiene una modestia peligrosa, que se contenta con saber. Y hay que seguir. Es preciso tener el ímpetu de hacer cosas, aunque no tengan éxito. Todo lo que se desea hay que hacerlo, hay que intentar hacerlo al menos. Hay que ser ambicioso de hacer, sin preocuparse mucho por los resultados y mucho menos por el éxito. ¡La vida es corta! ¡Ars longa vita brevis! La vida puede estar terminada por incapacidad, no por jubilación. Los recursos vitales son inseguros.

CyR. ¿Los recuerdos forman parte de su proyecto vital?

J.M. Lo que sí tengo como proyecto es reencontrarme con las personas que echo en falta. Eso lo pienso mucho. Esto me consuela. Es mi esperanza. Me parece muy triste esas personas que creen que con la muerte se acabó todo. Debe de ser muy triste. En el fondo es la gran diferencia entre ser creyente o no. El creyente piensa que cuando alguien se muere le puede decir “hasta luego”.

CyR. ¿Teme algo?

J.M. Bueno, no mucho. He tenido una actitud arriesgada, he corrido peligros, vamos, de jugarme el pellejo, y los he vivido con cierta impavidez. Con naturalidad siempre. Si algo había que hacer, lo he hecho. Con conciencia del peligro y del riesgo. Al final de la guerra, por ejemplo, con Besteiro. Corrí peligro. Él me lo agradeció mucho. Y cuando entraron los llamados nacionales en Madrid, fui a ver a Besteiro creyendo que no saldría. Me dejaron salir. Luego me detuvieron después.

CyR. En la vida social, ¿cómo ve el panorama?

J.M. En algunos aspectos lo veo mejor, por ejemplo, hay un ambiente más de paz. ¿Cómo no recordar cómo se ha ensangrentado Europa? Francia y Alemania se han enfrentado varias veces, y ahora parecen homogéneas. Y en España la guerra que yo llamo incivil... Me inquieta, por otra parte, la pérdida de ciertas ideas claras que antes había. Siento que hay como un cierto prosaísmo. Y esto es un peligro. Había hace años más ilusiones.

CyR. ¿Por qué se han perdido las ilusiones?

J.M. Pues en parte por las propias facilidades de la vida. Porque la gente está mas ocupada en gozar de las cosas. El aumento del nivel de vida es un hecho muy importante, el mundo occidental era hasta hace unos cuantos años relativamente pobre, ahora no. Yo creo que es muy importante el equilibrio entre los recursos y los proyectos. Durante toda la historia, los recursos han sido inferiores a los proyectos, ahora pasa lo contrario, hay más recursos que proyectos. Esto no me parece bueno. La riqueza me parece muy bien a condición de que los proyectos sean mayores.

CyR. Y para fomentar los proyectos, ¿qué hace falta?

J.M. Imaginación y deseos. Yo creo mucho en los deseos. La psicología y la pedagogía han sobrevalorado la voluntad, yo creo que el deseo es lo más importante. Es lo que vitaliza.

CyR. ¿Qué le hace a usted ilusión hoy?

J.M. Me hacen ilusión las personas, no las cosas. Me hace ilusión esperar algo de ellas. Sí. Creo en las posibilidades de algunas personas y en que tengan ilusión.

CyR. ¿Una recomendación?

J.M. Mejor una invitación. Hay que hacer una invitación para entrar en sí mismo. Caer en la cuenta de las cosas, eso se puede estimular. Cuando se pone uno en soledad por delante, pues se piensa. El quedarse solo con uno mismo no es fácil. “Converso con el hombre que siempre va conmigo. / El hombre que habla solo, espera hablar con Dios”. ¿Recuerda?

"El Padre", artículo de Javier Marías, publicado por primera vez en El País, 16-06-94, http://www.javiermarias.es/PAGINASDEVARIOS/julianporjavier.html

No está bien que sea yo quien escriba este artículo. Es poco elegante que el padre hable del hijo o el hijo del padre. Pero el padre cumple ochenta años el 17 de junio y el hijo ha tenido que oír en su vida demasiadas sandeces en boca de imbéciles o de malvados. En este país casi nadie recuerda nada; de los que recuerdan; muchos falsean; y los que no tienen edad simplemente no saben. Además, en la literatura y el cine hay tradición de hijos justicieros, o vengativos o rencorosos. No me importa hacer por una vez ese papel. Este es un artículo, así pues, rencoroso, como podrían serlo los que escribieran los vástagos de otros republicanos, fuera cual fuese la profesión de sus padres.

Este padre tenía seguramente dos vocaciones, por recuperar la palabra antigua pero vigente en su juventud: la de escritor y la de profesor. La segunda no pudo cumplirla, la primera sí, y mucho, pero a duras penas durante bastantes años. El padre estuvo en el bando republicano durante la Guerra Civil; escribía en el Abc de Madrid y en Hora de España: colaboró con Besteiro -tan ensalzado hoy por los socialistas y por casi todo el mundo-, hasta su rendición y aun después. Al terminar la contienda, fue denunciado por su mejor amigo y por un profesor de arqueología que luego reinó en su cátedra durante largos decenios (el supuesto amigo también obtuvo la suya más adelante, en Santiago, y aún se las dio de izquierdista). Pasó un tiempo en la cárcel y pudo ser fusilado. Fue juzgado cuando lo que había que demostrar era la inocencia; tuvo suerte, y algún bendito testigo al que cuando el juez le espetó: "Oiga, le recuerdo que usted ha sido llamado como testigo de cargo", tuvo el valor de contestar: "Ah, yo creía que se me había llamado para decir la verdad". Pudo salir, pero se encontró con la hostilidad y el veto del régimen victorioso. Por razones políticas le fue suspendida la tesis en 1942, no pudo ser doctor hasta 1951, año en el que por fin se le permitió publicar artículos en la prensa diaria. Cuando la cátedra de su maestro Ortega hubo de cubrirse en 1953, un influyente miembro del Opus escribió que si el padre llegaba a ocuparla la consecuencia sería clara y funesta: nada menos que "la República". El padre no opositó. Se sabe que cuando fue propuesto para la Real Academia, Franco se lamentó con estas palabras: "Es un enemigo del régimen, pero no puedo hacer nada. Sobre la Academia no tenemos control directo". Cuando amainó la ira y se pudo pensar que el padre se incorporara por fin a la Universidad, él no estaba dispuesto a solicitar el certificado de adhesión al régimen que por fuerza obtuvieron cuantos sí se incorporaron a ella; todos, también los legendarios héroes que fueron expulsados más tarde.

¿Qué ocurría con los compañeros de generación mientras tanto, durante la guerra y la victoria? Algunos han muerto ya y otros están vivos y son muy celebrados: unos con justicia, otros sin tanta. Todos fueron cambiando, unos pronto, otros tardíamente. Algunos reconocieron sus debilidades o equivocaciones del pasado; otros las ocultaron; algunos hasta las negaron y tergiversaron, biografía-ficción debería llamarse el género. No importa mucho hoy día. Pero en los años treinta y cuarenta y cincuenta sí importó bastante. Y así, mientras al padre le pasaba cuanto vengo contando, el otro filósofo tildaba en un libro de "jolgorio plebeyo" a la República y ocupaba el saneado puesto de delegado de Tabacalera en una provincia; el novelista eximio se ofrecía como delator y luego recibía alguna condecoración franquista; el poeta, el humanista, el filólogo, el otro novelista: todos de Falange, colaboradores del diario Arriba, o rectores de Universidad, o intérpretes entre Franco y Hitler; fue ministro quien luego pudo defender al pueblo, tuvo cargos institucionales el historiador que lanzó soflamas en plena guerra contra "los tibios". Nadie les ha pasado cuentas, y está bastante bien que así sea. La etapa democrática los ha jaleado y los considera maestros. Lo serán sin duda, de sus disciplinas.

Mientras tanto el padre republicano y vetado ha sido más bien ignorado por esta etapa democrática, por los herederos de Julián Besteiro. No ha tenido reconocimientos oficiales, igual que en tiempos de Franco. Ni siquiera un mísero Premio Nacional de Ensayo, que se ha otorgado hasta a autores noveles con obras más bien escolares. Nada de esto es grave, no creo que al padre le importe mucho. Pero el hijo ha tenido que escuchar muchas sandeces en boca de imbéciles y de malvados. En otro periódico ha escrito una semblanza pacífica. El hijo se disculpa por hacer hoy público en este su resentimiento.

"Mi padre es filósofo",

por Alvaro Marías, in http://javiermarias.es/foro/viewtopic.php?TopicID=1214

Esta era la frase que yo espetaba ya con tres o cuatro años, cuando en el colegio me preguntaban qué era mi padre. Lo decía henchido de orgullo como un pavo y lo prefería, instintivamente, a la opción descafeinada que él mismo me había brindado: “Di, si no, que soy escritor”. Sabía que eso no era cosa corriente, sabía que mi padre no era corriente -muchos señores vetustos, que podían ser mis abuelos, me repetían obsesivamente “no sabes qué padres tienes”-, y comenzaba a vislumbrar que, teniendo sus ventajas, no iba ser tan fácil ser hijo de un padre tan poco corriente, de un padre que no conducía, que no nadaba, que no se compraría una televisión, que viajaba constantemente al extranjero cuando no era habitual, que no tenía sueldo, que no iba a la oficina, que estaba en contra de Franco -y lo que era peor, todo el mundo lo sabía-, que no castigaba a sus hijos pero que no compraba bicicletas por las buenas notas, que era capaz de dejar resbalar su mirada por encima de unas cuantas matrículas de honor para conceder un “no está mal; podría estar mejor”. Un padre que no me iba a reír las gracias -al menos en mi presencia-, que no se iba a dejar influir por sus hijos -gran peligro de la clase intelectual- como no se dejaba influir por apenas ningún agente externo, se tratase de la filosofía o de la política de moda, o de las idolatrías de las generaciones más jóvenes (durante años creí que de lo único de que había convencido a mi padre en mi vida era de que cambiara de marca de vino, y ahora dudo hasta de eso). Un padre que me iba a dejar, mejor dicho, me iba a obligar, a hacer lo que me diera la gana, que no iba a darme pretextos para eludir mi propio destino o mi propia vocación: que no me iba a poner fácil el no llegar a ser yo mismo. Que ni siquiera iba a poner cara de espanto si le salía ¡un hijo flautista! Ante tan cruda coyuntura, tan sólo me dijo: “Si lo llegas a hacer muy bien, hasta con la cosa más rara -¡vaya si él lo sabía!- conseguirás ganarte la vida; lo malo es si lo haces sólo regular”.

Y es que uno de los rasgos dominantes de su personalidad es la impermeabilidad, su asombrosa capacidad de resistencia. Sin ella sería incomprensible su trayectoria. Mi madre -su gran complementaria, en sentido noventayochista- solía hablar de su “epidermis de elefante”, gracias a la cual ha logrado sobrevivir sin que ninguna de las dos Españas le helara el corazón, sin perder la alegría, el optimismo y hasta una inexplicable dosis de ingenuidad. Lo que para cualquier humano habría sido insoportable, no ha logrado restarle un minuto de alegría. Con qué santa paciencia, con qué elegancia ha sobrellevado el pasar en veinticuatro horas de ser considerado -a menudo por los que habían cambiado la camisa azul por la rosa roja, el brazo en alto por el puño cerrado- como un izquierdista peligroso a ser tratado como un señorón de derechas trasnochado, mientras él seguía imperturbable su faena adelante, sin enmendarse y sin mirarse la ropa, como los buenos toreros. A finales del franquismo un crítico sevillano comparó el valor de mi padre, a la hora de decir lo que entonces nadie se atrevía a decir, con el de Juan Belmonte cuando agarró a un toro de Miura, el cuerno por la mazorca. A él le gustó la comparación. Y es que, al margen de otras virtudes, mi padre es -rara avis entre la clase intelectual- un hombre extremadamente valiente, que considera que “una cierta dosis de valor” es condición imprescindible para vivir con dignidad. Con ochenta años, al volver un domingo de misa, un navajero intentó robarle la cartera. Ni qué decir tiene que no se la robó; el ratero debe de acordarse aún de tan bravío anciano. El que hasta hace muy pocos años, bien pasados los ochenta, mantuviera un ritmo de trabajo extenuador, y fuera capaz de marchar camino de las Américas, él solo, con un calendario de trabajo que derrotaría a un joven y un maletón a cuestas que baldaría a cualquiera, es un buen reflejo de su temple humano. Contadas veces he visto a mi padre enfermo -su capacidad para no acatarrarse cuando toda la familia moquea es irritante-; jamás cansado; nunca agobiado por el trabajo ni apresurado por el ritmo de vida -es tan ordenado en el tiempo como desordenado en el espacio-; rara vez desanimado, no digamos deprimido.

No se piense, a raíz de lo dicho, en un “superhombre”, rígido ni obsesivo; menos aún en un intelectual engolado ni arrogante. Sí en un hombre infatigable y tenaz hasta la testarudez, que hace honor a su sangre aragonesa. Ha sido mi padre siempre hombre cordial, fiel hasta la muerte a sus principios, a sus ideas, a sus maestros -su fidelidad y respeto hacia Ortega creo que es algo único en la historia cultural española- y a sus muchos y excelentes amigos. Su veracidad extrema, su necesidad de decir las verdades contra viento y marea -”por mí que no quede”, es su lema-, lo ha llevado a traspasar mil veces los límites de la diplomacia y de la prudencia, pero nunca los de la elegancia, la generosidad y la bondad.

Es mi padre un hombre sencillo que gusta de la comida llana -churros para el desayuno, cocido madrileño, berenjenas rebozadas,bacalao, chocolate oscuro, son sus preferencias gastronómicas-, un ciudadano del mundo sin nada de cosmopolita, un europeo de España para el que, como para Ortega, “la gran delicia es rodar por los caminitos de Castilla”. Es también un filósofo con los pies en el suelo, carente de la menor sombra de pedantería, que se pirra por el cine, que tiene más orgullo como fotógrafo que como pensador, al que entusiasma la poesía -aún es capaz de recitar centenares de versos en cuatro o cinco lenguas-, la novela, las novelas policiacas -¡Simenon!-, que no se pierde un museo o una iglesia, que lee infatigablemente por el mero placer de leer, con su ojo único de clarividencia ciclópea, hundido durante horas en su sillón de orejas. Es un hombre al que le interesan muy poco las cosas y mucho las personas: sus amigos y sus muchas y espléndidas amigas -la tertulia de los domingos, las largas caminatas sorianas o toledanas han sido los principales escenarios de su vida de gran conversador-. Un hombre que, a pesar de su asombroso ritmo de trabajo, no ha regateado el tiempo para degustar el pulso de la vida; para salvaguardar lo más valioso de ella, la intimidad; para vivir una vida con holgura, real, una vida irrenunciablemente humana. Decía Ortega que “la filosofía no sirve para nada... solamente para vivir”. La filosofía de Julián Marías -la filosofía de la razón vital- le ha servido para vivir una vida que es, en cierto modo, su gran obra de arte.

Su gran premio, infinitamente más valioso para él que aquellos “oficiales”, que recibe con tanta gratitud como escepticismo, es la creencia de que su pensamiento puede orientar a otras vidas -individuales y colectivas- para que lleguen a ser plenamente eso: vidas humanas

"Culpable de Mérito", por Ignacio Sánchez Cámara, Catedrático de Filosofía del Derecho, Universidad de La Coruña. En ABC, Tercera 14-7-2004

Con el uso indiscriminado de la palabra «culpable» en una presunta acepción favorable (por ejemplo, culpable, con su gol, de la victoria de su equipo), se difumina la distinción entre la culpa y el mérito, entre las malas y las buenas obras. Pero acaso haya otra acepción que cuadre a Marías. Es «culpable» del mérito de la excelencia. Y eso no suele perdonarse, sobre todo, por los verdaderos convictos de mediocridad. El primer deber de un pueblo es la gratitud hacia sus hombres mejores, hacia los más sabios. No siempre lo cumplen.

Julián Marías es un filósofo. Cuando tantas veces se emplea la palabra de forma vana o usurpadora, complace utilizarla con propiedad, en su sentido genuino. Y lo es porque aspira a esclarecer la realidad como un todo y su sentido profundo y latente. Él pertenece a esa exigua estirpe platónica de los «amigos de mirar», de los que aspiran a la claridad y a la plenitud de la verdad. Y no hay verdadera filosofía si no se da en su autor el temple filosófico. Se trata, ante todo, de una actitud moral, de un imperativo de veracidad, sin el que no es posible el acceso a la verdad, a una verdad que sólo se rinde a quienes la buscan desde el fondo insobornable de su personalidad. Así, Marías puede afirmar que no ha escrito una sola línea que no hubiera pensado, bajo la que no pudiera estampar su firma. Y siempre ha evitado la maledicencia. Su forma de criticar la mentira y el error es proclamar la verdad y el acierto. Pero sin fustigar, si no es indirectamente o por alusiones, a los reos. Siempre ha preferido, con razón, la libertad a la seguridad. La filosofía de Marías es «visión responsable», verdad y libertad, análisis de la vida personal, aspiración a la claridad. Lo claro puede ser falso, pero ninguna verdad puede albergar lo que no es claro. Pues hay también, cómo no, una claridad de lo profundo.

Católico y liberal, su compromiso con la libertad y su condición de discípulo de Ortega y Gasset le trajeron la hostilidad de las dos Españas hemipléjicas, pero también la amistad y el reconocimiento de la España una, eterna y entera. Mientras algunos «progresistas» reconvertidos habían obtenido cátedras, reconocimiento y ventajas durante el franquismo, él vivió de sus escritos, cursos privados y conferencias, alejado de la Universidad y de la vida oficial. Cuando se consumó el tránsito hacia la libertad, que describió en ejemplares artículos, algunos de esos beneficiarios del franquismo y de la recuperada democracia, los que siempre están a las maduras, se permitieron descalificar a Marías, e incluso difamarlo, quizá precisamente por su coherencia y por su defensa de la libertad, cualidades que ellos no podían exhibir. Es una vieja historia conocida. A él, precisamente a él, que había combatido en el Ejército republicano, que había sufrido la cárcel por la delación de un falso amigo y que había sido apartado de la Universidad pública. Acaso por ser católico, liberal y orteguiano, y, por ello, hostil a todas las disciplinas destructoras de la libertad, entre ellas, el comunismo, tan idolatrado por los falsos amigos de la libertad. Y es que su sola trayectoria intelectual y vital desmonta y desmiente tantos falsos tópicos.

No es poco lo que se puede aprender, lo que hemos aprendido, de Marías. Todo ello está escrito en sus libros y artículos y proclamado por su palabra. Lo primero, la idea de la filosofía como «visión responsable» y como vocación y pasión al servicio de la verdad. La filosofía está vedada a quienes no son veraces. Pues si la veracidad no garantiza la adquisición de la verdad, la falta de veracidad impide de suyo acceder a ella. La dedicación a la filosofía requiere una condición moral previa en sus aspirantes: la limpieza de corazón y el compromiso con la verdad, una verdad que sólo se rinde a quienes la buscan y, por ello, la aman. Sólo es posible la filosofía si se parte de la asunción de la condición personal del hombre. Todo el pensamiento de Marías está penetrado por la convicción de que el hombre no es cosa sino persona, realidad espiritual, no dada de antemano, sino que debe hacerse; empresa y tarea, pues. Y, por ello, libertad. La filosofía es, en su primer apartado, como enseñó Ortega, teoría de la vida humana, análisis de esa faena en que consiste el humano existir. Y, luego, vida colectiva o social, Estado y política. Pero una política que no puede concebirse sino como ejercicio y defensa de la libertad, sustrato de la condición personal del hombre. No existe otra política que la que se orienta hacia la libertad personal. La libertad no puede confundirse con el capricho y el arbitrio. No consiste en servir a los dictados de la real gana, sino en el cumplimiento del deber, de la exigencia que cada día trae consigo. Uno de los más saludables y fértiles resultados de la lectura de Marías procede de que él y su filosofía están siempre presentes al lector. Cumple la involución orteguiana del libro al diálogo. Por eso puede iluminar todos aquellos aspectos de la realidad que aborda, desde la literatura al cine, desde la política nacional e internacional a la reflexión sobre España o, mejor, las Españas. No es posible entender nuestra Nación sin la referencia al cristianismo y a la dimensión americana. A España sólo se la comprende desde el otro lado del Atlántico. Y, como fundamento inexcusable, la dimensión religiosa de la existencia humana, pues, aparte de su catolicismo, Marías enseña que sin la dimensión de la trascendencia y de la inmortalidad personal queda amputado lo esencial de lo humano.

Este imperativo intelectual, esta vocación, no puede prescindir de la presencia pública a través del periódico. Desde hace décadas, Marías ejerce su magisterio en esa plaza pública que es el diario. Por fortuna para los lectores de ABC, las últimas décadas en estas páginas. Como su maestro Ortega, ha acertado a ser «aristócrata en la plazuela». Y ya que hablamos del magisterio orteguiano, acaso convenga recordar que Marías ha ejercido la condición discipular del mejor modo posible, acaso del único: asumir el ejemplo, aprender, pero huir de la mera repetición escolástica de las tesis del maestro, que no es el oráculo de la verdad sino quien nos eleva e incita a pensar y a buscar la verdad por nosotros mismos.

Hoy, cargado de años y de sabiduría, puede estar satisfecho del cumplimiento de su vocación y de la fertilidad de sus trayectorias. Una vocación y unas trayectorias colmadas pero felizmente inconclusas. Uno de sus hijos, Javier Marías, ha escrito, en el volumen colectivo antes citado, que el lema de su padre fue «que por mí no quede». Ciertamente, lo ha cumplido. Por él, desde luego, no quedará. Acaso una elevada aspiración intelectual pudiera ser satisfecha si se acertara a ser algo así como un altavoz amplificador de algunas ideas fundamentales defendidas por Julián Marías. No es poco. Pero no hay hombre sin culpa. Su culpa mayor, bendita culpa, consiste en ser «culpable de mérito».