Las Edades de la Vida

(conferencia en Madrid, 1999. Edición:
 Ana Lúcia Carvalho Fujikura)

 

Julián Marías

 

             Un tema que nos afecta a todos: las edades de la vida. El hombre ha sabido siempre que es temporal; temporal en varios sentidos: en que está en el tiempo, está dentro del tiempo, en que tiene un tiempo limitado, a lo largo de su vida...

            Hay dos formas de tiempo que hay que distinguir: hay el tiempo histórico y el tiempo personal, el tiempo biográfico, diríamos. Es evidente que el tiempo es continuo, la continuidad del tiempo es un rasgo esencial, pero la continuidad no excluye la articulación. Hay cosas que son continuas pero tienen una articulación: tomen ustedes el ejemplo más sencillo que es el andar: cuando una persona anda va dando pasos; los pasos no significan una interrupción de la marcha, pero sí su articulación.

            El tiempo histórico por supuesto es continuo, pero está articulado en dos sentidos: tiene una articulación menor, que son las generaciones, y una articulación mayor, una especie de macro estructura, que son las épocas. Es decir, la historia transcurre en diferentes épocas, cada una de las cuales representa una forma de vida en un nivel histórico y hay además – dentro de cada época – una articulación en diversas generaciones.

            Algo parecido ocurre en la vida: la vida también es continua desde el nacimiento hasta la muerte, pero está articulada, articulada en edades. Y eso ha sido evidente siempre, desde las culturas más antiguas se ha reconocido la pluralidad de edades y se ha tratado, en cierto modo, de definirlas.

            Lo que pasa es que ha predominado el punto de vista biológico; se ha visto el problema de la edad como un problema de desarrollo biológico en diferentes fases, que se han llamado de diferentes maneras, desde el nacimiento hasta la vejez y finalmente la muerte. Y esa ha sido la manera habitual de interpretar las edades a lo largo de la historia.

            Piensen por ejemplo en la idea de "niño". El niño es una invención relativamente moderna, es decir, no se ha considerado al niño por sí mismo hasta hace no mucho tiempo. Se consideraba al niño como un preadulto; que el niño era una fase previa para llegar a adulto. Se consideraba al niño como algo que todavía no tenía plena realidad. Hay incluso en los famosos Diálogos Latinos de Luis Vives – que son diálogos para aprender latín sobre todo – una escena en que el padre va al maestro, le lleva a su hijo y le dice: "Le traigo esta bestia para que haga de él un hombre". No olviden ustedes el uso coloquial de la palabra “desasnar”: identificaba al niño particularmente con el simpático asno. “Desasnar” era quitar lo de asno que tenía la criatura humana para hacer de él una persona, un hombre, una mujer. Es decir, se consideraba que era algo provisional destinado a convertirse en adulto.

            Hace bastantes años se ha empezado a distinguir –especialmente lo han hecho los psicólogos, los biólogos, los educadores– fases en el niño. Ha habido, por ejemplo, tratados de pediatría o de disciplinas próximas sobre el niño hasta los dos años, el niño de dos a cinco años, el niño de cinco a ocho años etc. Se distinguía, diríamos, la variedad dentro de los años llamados “infancia”. Eso ya ha sido un paso dentro de la concepción biológica o psicofísica del niño.

            Después se pasaba a la juventud. La juventud estaba definida por el poder, la energía, a veces exuberante... Por ejemplo, una expresión que está en la literatura de largos siglos: se decía “la loca juventud”. Evidentemente, luego esta especie de pasiones e impulsos juveniles se iban serenando y después había la madurez.

            La madurez que tenía un rasgo interesante que es su longitud. La madurez es una etapa larga, una edad larga, en la cual se suponía que había estabilidad, frecuentemente una impresión de triunfo, de plenitud... El hombre maduro era, diríamos, el hombre ya logrado, conseguido.

            Y luego venía la vejez. La vejez venía pronto. Hoy tenemos la fortuna de vivir mucho más que en cualquier época. Los hombres a los sesenta años hasta hace muy poco tiempo eran viejos o eran muertos, con gran frecuencia. Yo siempre he tenido la impresión de que si ustedes toman un fin del siglo, un año con dos ceros y averigüen cuántas personas habían nacido antes del cuarenta del siglo que terminaba, verán que pocos eran. Eran supervivientes, eran restantes, de generaciones diezmadas por la muerte y los supervivientes estaban, en general, en mal estado.

            La palabra correspondiente a la vejez era sobre todo deterioro, biológicamente es deterioro. Recuerden ustedes siempre se encuentran fórmulas extraordinarias en Jorge Manrique: “Las mañas y ligereza / y la fuerza corporal / de juventud, / todo se torna graveza / cuando llega al arrabal / de senectud". Eso dice prodigiosamente Jorge Manrique.

            Los antiguos, los griegos y romanos, habían tenido una visión relativamente favorable de la vejez –vejez que era temprana, insisto: si ustedes miran las biografías de los grandes griegos y romanos verán que, en general, duraban poco. Pero escribieron tratados "De Senectute". En ellos se suponía que el anciano, el viejo tenía experiencia – un atributo que no se le negaba: el viejo tenía experiencia. En general, estaba libre de pasiones, tenía serenidad y, por tanto, una cierta autoridad. Por ejemplo, las instituciones llamadas “senados” eran los consejos de viejos, de los senes, los viejos. Ahora los senadores son muy jóvenes, pueden tener cerca de treinta años... ¡han cambiado mucho las cosas! Pero, normalmente los senadores eran los senes, los viejos.

            Esta era la visión "normal" del esquema de las edades de la vida durante casi toda la historia. Pero yo creo que esta visión biológica o psicofísica es insuficiente y es inadecuada. Estamos tratando de hablar de filosofía a altura del tiempo y eso quiere decir volver a plantear los problemas desde el nivel de la vida humana, de la vida personal. Y entonces las cosas cambian bastante y vemos que la vida tiene una estructura dramática; la vida es lo que hacemos y lo que nos pasa. Se trata por tanto de un concepto que no es biológico, que no tiene que ver ni con la fortaleza, ni con el deterioro: es el argumento. La vida humana tiene argumento, tiene una estructura proyectiva. Yo creo que este es el punto de vista desde el cual se puede plantear ahora la cuestión de la edad.

            Ustedes piensen desde el principio: el niño nace –esto es absolutamente capital– en una familia, nace con personas adultas, sin las cuales simplemente no podría vivir. El niño cuando nace -y durante bastante tiempo- es absolutamente incapaz de vivir por sí mismo.

            A mí siempre me conmueve cuando se ve, en la televisión generalmente, un parto de un animal superior –un potrillo, un cordero, lo que sea... Nace e inmediatamente se pone sobre sus patas, se sostiene, busca las tetas de la madre y se pone a mamar, al poco rato está moviéndose, está yendo de un lado a otro; depende ciertamente de la madre, depende sobre todo para la nutrición, pero tiene ya un grado de autonomía considerable – lo cual es una superioridad sobre el hombre, claro. El niño durante meses y meses y quizá un par de años simplemente no puede vivir por sí mismo.

            Esto es naturalmente esencial y es gracias a lo cual el hombre es hombre porque el animal es siempre un primero animal, estrena su especie, repite justamente ese modo de ser de la especie a que pertenece. Pero el hombre tiene que estar con los mayores, con la madre y el padre, si posible, y con otras personas mayores, adultas, que le prestan sus recursos para vivir, que le permiten vivir y se pasa un largo tiempo recibiendo de ellos todo: las interpretaciones de las cosas, el uso de los objetos, el comportamiento que debe tener con las cosas, con los juguetes, con el alimento, con el abrigo, con lo peligroso, lo que corta o quema etc.. Vale decir: un repertorio de creencias, de ideas, la lengua...

            Es decir: el hombre es fundamentalmente heredero y, por tanto, su vida, con la primera autonomía todavía dentro de la infancia, la tiene poseyendo un enorme tesoro, acumulado, que no tiene naturalmente el animal. De modo que esa limitación, esa menesterosidad del niño, a última hora, es lo que permite que el hombre sea hombre, que sea lo que es.

            Pero hay una cosa muy importante: el niño tiene relaciones personales. El proceso de personalización del niño se realiza precisamente en ese trato con los padres, con los hermanos, con otras personas, individualmente como tal, y esto hace que se desarrolle su personalidad, se va constituyendo como persona justamente dentro de un repertorio de formas. Normalmente los niños nacen en una familia compuesta de un hombre y una mujer, a veces de hermanos ya, es decir, tiene los dos modelos de la vida humana, las dos formas de la vida humana: el varón y la mujer. Piensen ustedes lo que significa la situación tan frecuente actualmente, frecuentísima -en algunos países casi mayoritaria-, de los niños que nacen en una familia en que no hay más que un padre, generalmente la madre. Hay a veces hijos de varios padres que no están presentes. Falta justamente la presencia, la vivencia de los dos modos de vida humana, de los cuales decide naturalmente el niño o la niña el modelo de vida que puede desarrollar y que puede seguir. Eso tiene una importancia extraordinaria. Hay muchos fenómenos que son recientes y, por tanto, no sabemos bien que van a tener como consecuencias cuando haya millones de hombres y mujeres de veinte años, que sean creados con un sólo padre – más frecuentemente con la madre. A mí me preocupa mucho.

            Hay otro problema: los niños antes tenían un largo período de convivencia en el seno familiar y, por tanto, con otros niños en la calle... y tenían relaciones estrictamente personales. Actualmente van desde muy pronto, casi desde que nacen, pero, en general, desde los dos años – antes se iba a la escuela a los cinco, seis años –, a una institución, a una guardería, a un kindergarten, o como se quiera llamar, desde muy pronto. Es decir, pasan a la vida colectiva, a las formas de la vida colectiva. Entran en instituciones que pueden ser excelentes, pero en la escuela hay normas, hay una cierta impersonalidad, hay una abstracción, hay ciertos principios no individuales, que no son el trato personal y el trato individual.

            Esto tiene sus ventajas pero ¿qué pasa con el proceso de personalización? No se piensa en ello. Yo apenas he visto ni sombra de preocupación por eso y me pregunto: ¿Cuándo tengan veinte años cómo van a ser? Quizá mejores, de otra manera.

            En las fases ya más avanzadas de la niñez, cuando se entraba en la escuela, donde los procedimientos eran múltiples: tener a los niños sujetos a una disciplina rigurosa, a veces dura, al trabajo, a una exigencia de esfuerzo... pero hoy se ha pasado ya a otras formas muy distintas y los resultados son bastante problemáticos. Hay una variación muy considerable.

            Y hay un momento en que los niños dejan de ser niños: pasan a la juventud. La “loca juventud” es una expresión que ya no se usa. Pero se usaba porque el joven lo que hace es desprenderse de lo que podríamos designar la “placenta familiar”; siente una cierta necesidad de independencia de ese núcleo familiar en el cual se ha formado, en cierto modo de la escuela – o sus equivalentes –; tiene una especie de “declaración de independencia”. Esto es característico.

            Pero esa independencia es ilusoria porque lo que hace es desprenderse de esas unidades en las cuales estaba inserto para pasar a insertarse en el grupo juvenil – que es mucho más absorbente, mucho más homogeneizador, más imperioso que la familia o la escuela, incomparablemente más.

            Hace muchos años me recuerdo que escribí un artículo, comentando una película, y yo decía que el adolescente, cuando llegaba a casa, hacía simultáneamente tres operaciones: poner un disco, abrir la nevera y llamar por teléfono a los chicos de los cuales acababa de separarse. Esta era la operación ejecutada por todos los adolescentes al llegar a casa, con una destreza que suponía varios brazos y manos...

            Fíjense ustedes, por ejemplo, en la homogeneidad de los jóvenes "juveniles", de los jóvenes que adhieren al yugo juvenil: la manera de vestir... había una especie de anarquía al vestirse -"la corbata es burguesa..."-, ¿se dice que uno se vista de cualquier manera...? ¿cómo uno quiere...? No. No es igual llevar corbata o no llevarla: es que no se puede llevar. Es casi como un uniforme, es que en las comunas, en los hippies etc. se lleva uniforme, uniforme de hippie, que es tan uniforme como lo de la Guardia Civil: es tan uniforme y quizá más riguroso.

            Hay todo un sistema de exigencias, de modos de conducta. Ustedes piensen en el hecho de la frecuencia extraordinaria de lo que se llama bandas juveniles: el joven, en general, en un número muy alto deja de funcionar por sí mismo, individualmente, funciona como "hay que funcionar": este es un hecho sumamente curioso.

            La juventud tiene un enorme número de rasgos importantes como, por ejemplo, el descubrimiento del otro sexo – esto se produce en la juventud. Él vive el descubrimiento del otro sexo; no del sexo, es decir, yo tengo la impresión de que la pan sexualidad que está actuando y dominando el mundo actual justamente está disminuyendo enormemente la importancia del otro sexo para cada uno.

            Es evidente que durante mucho tiempo los jóvenes y las chicas han pensado en el otro sexo incomparablemente más que ahora y ha tenido una importancia incomparablemente mayor. Eso se puede estudiar con todo detalle a lo largo de la cultura de siglos o hasta milenios. Se ha distendido enormemente el interés que tiene el varón por la mujer y la mujer por el varón, indiscutiblemente. Lo cual yo creo es una pérdida difícilmente reparable, esto por supuesto.

            Por otra parte, en la juventud se produce el conocimiento del mundo; es la primera vez que uno se da cuenta de que está en una cierta fecha histórica, en un cierto momento histórico. El niño vive en un tiempo que no es propiamente histórico, pero el joven ya, sí. La juventud consiste en estar en un cierto momento, empezando a comprender cómo es el mundo históricamente y, por tanto, socialmente.

            Esa exploración, ese conocimiento acontece en la juventud. Entonces empieza a tener proyectos circunstanciales; proyectos que tienen que ver con sus gustos, con sus vocaciones – si la tiene o la va descubriendo –, pero también con la situación existente, con el mundo en que vive. Y esto es lo que caracteriza a la juventud. Con un horizonte ilimitado, el joven puede ser todo, precisamente porque no es nada todavía o muy poco. Se le ofrece por tanto un horizonte de posibilidades enorme, amplísimo, entre las cuales irá eligiendo, irá experimentando limitaciones concretas de posibilidades, irá realizando algunas de ellas, otras no, hasta que haya un momento en que se inicia, lo que llamamos, la madurez.

            Insisto en que la madurez es una edad larga. Ya antes lo ha sido también en las muchas épocas en que la vida era relativamente breve: la madurez era bastante larga – ha durado por lo menos veinte años; ahora más. La madurez venía también pronto; no olviden ustedes que la gente empezaba la vida muy pronto. Si ustedes repasan la historia verán cómo a veces mandaban tropas y los jefes militares eran muchachos de dieciocho, veinte años. El matrimonio solía ser muy temprano: las muchachas se casaban casi en la niñez o poco más; los jóvenes un poco mayores, pero no mucho, siempre con una diferencia importante – que se ha anulado ahora – en que en los matrimonios tenían siempre unos años de desigualdad: el marido era siempre tres, cinco, seis años mayor que la mujer, estadísticamente.

            Esa época es de cierto modo una época de seguridad, de plenitud; la vida se estabiliza bastante, no cambia demasiado. El hombre se siente seguro – relativamente seguro por lo menos. Y, entonces, le sobreviene algo que a mí curiosamente me ha preocupado desde que era yo muy joven – me daba la impresión que los mayores, los adultos tenían corteza, parecían que estaban como árboles. Eso me aterraba. La idea de tener corteza me parecía tristísima. Y es cierto porque precisamente el deseo de seguridad, la estabilidad, la frecuente prosperidad, el frecuente éxito del hombre maduro, hace que evite la vulnerabilidad de pertenecer a la vida humana – somos vulnerables.

            Recibimos heridas, algunas gloriosas, algunas espléndidas, otras dolorosas. Recuerden ustedes aquella inscripción de aquel viejo reloj en la iglesia refiriéndose a las horas: "Vulnerant omnes, ultima necat", hieren todas; la última, mata. Pues bien se trataba de evitar la vulnerabilidad y el hombre maduro, la mujer madura se acorazaba con una especie de corteza que lo defendía de las heridas posibles que trae la vida. A mí eso me parecía tristísimo. Debo decir que, pasadas todas las madureces, sigo vulnerable, más que nunca.

            Eso era un rasgo frecuente. Pero yo creo que ahí hay un problema: la madurez tiene una versión, una faceta, diríamos, negativa que es un cierto éxito, realización y al mismo tempo renuncia. El maduro empieza a tomar sus medidas, sabe más o menos lo que es, lo que puede hacer y lo que quizá ya no va a poder hacer. El “ya no” es una fórmula que acompaña a la madurez. Evidentemente la tendencia a evitar la vulnerabilidad disminuye la capacidad proyectiva del maduro. ¿Por qué? Porque procuran no exponerse.

            Ustedes piensen en una madurez - que es la posesión de los recursos, todos los recursos: biológicos, físicos del hombre maduro; la mujer madura está en muy buenas condiciones, funciona muy bien, casi tan bien como en la juventud o quizá mejor en algunos aspectos; poseen una serie de experiencias, de conocimientos; dominan el mundo mucho más... Si se exponen, si no les importa ser vulnerables, pueden estar en proyectos, lo cual no suele ocurrir. Ven por tanto ustedes cómo puede haber una madurez proyectiva a condición de ser vulnerables, de seguir siendo vulnerables. El hombre maduro y el hombre viejo incluso puede entristecerse, puede tener pérdidas tremendas, puede tener fracasos, puede enamorarse, puede muchas cosas... ¡si se atreve! Entonces pueden seguir proyectando con plena actividad, con plena eficacia.

            Se llega a la vejez – la vejez que, repito, ahora es una vejez aplazada diríamos. Cuando se lee en el periódico "ha sido atropellado en la calle tal un anciano de sesenta años", todos los que tienen sesenta años dirían: "¿¿Anciano yo??!". Acaba de morir una persona muy próxima a mi familia que iba a cumplir noventa y siete. Y veo en el periódico una persona muy conocida y amiga que ha muerto a los cien años justos. Esto era infrecuentísimo en otros tiempos; ahora no digo que sea lo más frecuente, pero ocurre, es posible.

            Es decir, la vejez está aplazada. El otro día, oí o leí que la vida se había prolongado treinta años – yo no creo que tanto, pero quince, por lo menos, sí; una generación, por supuesto, en este siglo, se ha prolongado, sin duda ninguna. Y es algo enorme: cambia la estructura de la vida.

            Dirán ustedes: sí, pero ¿y el deterioro? Sí, el deterioro, claro, existe, pero es un deterioro también aplazado, no completo. Hay un número muy grande de personas que llegan a edades muy avanzadas en bastante buen uso, con un repertorio bastante grande de posibilidades, capaces por tanto de proyectos.

            Lo que pasa es que las formas de la vida en la sociedad se encargan de que esto no sea de todo verdad. Ustedes piensen, por ejemplo, que hay la jubilación. La jubilación tiene dos caras: hay la jubilación forzosa, que me parece bastante monstruosa. Hace unos cuantos años se hizo la jubilación anticipada cuando se debía haber prolongado la edad de actividad: la edad de jubilación era a los setenta años y se pasó a los sesenta y cinco – en vez de a los setenta y cinco, que hubiera sido lo justo.

            Pero el hecho es que se hace la jubilación. Y hay mucha gente por cierto que está afanosa de jubilar. En algunas profesiones, la gente se quiere jubilar a los cincuenta o a los cincuenta y cinco años. Pero no se muere luego... ¡éste es el problema! Y entonces resulta que mientras no nacen niños, los viejos no se mueren. Al final se mueren también, pero no se deciden a eso (risas). Entonces se hacen como “reservas” de viejos, con las cuales no se sabe bien qué hacer. Hay las pensiones, se trata de determinar si hay otros recursos... Muchas cosas que dan por supuesto que esos viejos que no se mueren no tienen porvenir – esa es la cuestión. No tienen proyectos.

            Hay algunas profesiones venturosas en las cuales la jubilación no existe. Aquí me tienen ustedes hablando de filosofía (risas), por ejemplo, o escribiendo libros, artículos y no me jubilaron. Pero en muchas profesiones cuando uno se jubila se jubila, no tiene qué hacer y no sabe qué hacer. Y nadie se ocupa de que los que no se mueren tengan proyectos, puedan tener proyectos y, por tanto, puedan vivir, puedan tener argumento, puedan tener incluso cierta dosis de felicidad. Son problemas inmensos, de una gravedad extraordinaria y universal.

            El problema está en lo siguiente: en que se han evitado, en cierto modo, los proyectos. Las formas sociales dejan, diríamos, como concentrados a los jubilados en general en un estado que no tienen argumento, que no tienen porvenir. Hay un problema también que es que la expectativa de la muerte ha cambiado de carácter: porque hasta hace muy poco tiempo la gente contaba con la otra vida – talvez con dudas, talvez con zozobra, una esperanza, una expectativa sostenida por el dramatismo del desenlace, por la duda de lo que pasaría con uno después de la muerte. Yo me he referido, a veces, con un poco de humor – que hace falta tener cierto humor –, que en un funeral actualmente el sacerdote no expone ni el más mínimo temor de que aquel señor haya podido estar en el infierno... (risas) ¡Era un bandido pero se da por supuesto que ha ido a Dios derecho! Yo comprendo que no se va a decir delante de los parientes..., pero, por lo menos, cabría aludir a la misericordia de Dios que es muy grande – ¡así espero! Pero contar con la posibilidad, por lo menos, con la posibilidad de que... Con lo cual ha cesado el interés por la otra vida; se ha ido aparando, se empieza a no contar con ella.

            Hace no mucho tiempo, cuando alguna persona tenía una vida irregular, pecaminosa, había una frase que decía “vivir en pecado” – y ya nadie vive en pecado... (risas). O era una persona de una fe dudosa, problemática, de una vida religiosa inquietante... las personas que querían a esta persona – los parientes, los amigos – sentían inquietud porque pensaban: ¿Qué va ser de esa persona? Estaban pendientes de lo que pasaba.

            Bueno, eso se ha dejado. Ha desaparecido del horizonte de innumerables personas, lo cual quiere decir que se han quedado sin el último programa, sin el último proyecto. Uno se puede llevar los proyectos al otro mundo; no se pueden llevar las riquezas, ni los honores, ni los títulos; pero, sí, se pueden llevar los proyectos – lo que uno ha querido ser, lo que uno sigue queriendo hacer y no ha podido hacer.

            Pero eso ha desaparecido del horizonte de la inmensa mayoría de las personas. Procuren ustedes sondear el estado de ánimo de vuestros vecinos y amigos y verán qué poco frecuente es que eso exista; lo cual quiere decir que mientras las edades de la vida pueden ser todas ellas, hasta la vejez, proyectivas, argumentales, narrativas, porque se cuentan desde los proyectos. Quedan reducidas a mera liquidación. La vejez, por ejemplo, es el deterioro talvez contenido por la buena higiene, por la medicina, por los recursos económicos, pero, al fin y al cabo, es un deterioro implacable, inevitable y sin proyectos – lo cual es terriblemente lamentable y profundamente triste.

            Y esto no es forzoso; no es forzoso que sea así. El hombre que se vive a sí mismo como quien es, como persona, con un proyecto... con tantas cosas que ha querido hacer y no ha podido y piensa que podrá realizar o por lo menos podrá desear, podrá seguir deseando...

            La vejez es la edad, sí, del deterioro, claro, pero hay otro lado de ella que es la recapitulación. Poseemos la vida de manera imperfecta, secundaria, muy deficiente. Hay personas que apenas han resbalado por la vida y apenas la recuerdan. Se puede recapitular; pero recapitular no quiere decir – y eso sería un error – volver al pasado, simplemente a recordar. La idea de que el viejo no proyecta, de que el viejo no hace más que recordar, que tiene pasado pero no futuro, es un grave error. Insisto que se cuentan desde los proyectos, se recapitulan; es decir, se va tomando posición de la vida que somos, de la vida que llevamos dentro, que nos constituye siempre en función de proyectos, en función de anticipaciones de lo que quisiéramos hacer – aunque no podamos hacer – a menos que sea en la otra vida y eso tiene su esperanza también. En concreto, se trata de pensar nuestra vida después de la muerte. Decir: no la hay – sería el error, sería la decepción, que es lo más triste. En cambio, el que no confía en la otra vida, qué sorpresa cuando se encuentre en ella... (risas) ¡eso siempre me ha parecido maravilloso! El señor que cuenta con que todo termina, el suicida, por ejemplo, que quiere acabar consigo mismo ¿Y si se encuentra con que no? ¡Qué formidable sorpresa! Nadie piensa en eso.

            Las edades de la vida vistas desde el nivel en que creo que estamos – el nivel de la vida humana como tal, el nivel de la persona – han aparecido como algo bastante distinto de la imagen tradicional de las edades.

            Muchas gracias.